El otro día estaba comiendo con mi padre en la pequeña finca
familiar en Litago (Comarca de Tarazona y el Moncayo), por primera
vez desde el comienzo del confinamiento pudimos ir a cortar la hierba
y a cuantificar desperfectos causados por los altos vientos. Sin
venir a cuento mi padre lanza la reflexión: “los pueblos de menos
de 1000 habitantes están condenados a morir”. Puede que no le faltara razón, pero yo espero que no sea así.
Imaginemos un pueblo que según el INE tiene 161 habitantes, y que según foro-ciudad en el año 1900 tuvo 600 habitantes, sufriendo la mayor parte del descenso demográfico entre 1950 y 1970 (vemos que el gráfico es inverso al del crecimiento de la población de Zaragoza capital). Hará unos 4 años que cerró el principal Bar-Casa Rural del pueblo, un negocio que estaría amortizado, pero que nadie se ha decidido a continuar por las razones que sean (cansancio del dueño, falta de motivación por evolucionar, incapacidad de re-invertir, expectativas negativas ante la despoblación, etc.). El caso es que con este negocio, se desvanece también una de las alternativas de ocio y socialización para la población.
Imaginemos un pueblo que según el INE tiene 161 habitantes, y que según foro-ciudad en el año 1900 tuvo 600 habitantes, sufriendo la mayor parte del descenso demográfico entre 1950 y 1970 (vemos que el gráfico es inverso al del crecimiento de la población de Zaragoza capital). Hará unos 4 años que cerró el principal Bar-Casa Rural del pueblo, un negocio que estaría amortizado, pero que nadie se ha decidido a continuar por las razones que sean (cansancio del dueño, falta de motivación por evolucionar, incapacidad de re-invertir, expectativas negativas ante la despoblación, etc.). El caso es que con este negocio, se desvanece también una de las alternativas de ocio y socialización para la población.
Es difícil que una
persona se meta en un negocio así, incluso una pareja. Pero, ¿y
si fuera un colectivo? Imaginemos que adquiere el negocio una
cooperativa formada por 12 socios, que se turnan para hacer las
tareas del bar (dar almuerzos, poner copas, limpiar…) pero también
que organizan eventos (campeonatos de ajedrez, cenas temáticas,
conciertos, talleres, asambleas
abiertas para
propuestas, etc). Entre los socios, se ayudan en
la rehabilitación de sus viviendas,
se auto-gestionan para producir los
alimentos, y poco a poco, también los ofrecidos en el bar-restaurante.
Se puede empezar por unos huertos y ampliar
con el tiempo a
un bosque de alimentos, panales de abejas, un corral de aves, conejos
y un rebaño de corderos. Una familia sola no puede hacer todo esto,
ni siquiera tendría capacidad económica, pero un colectivo podría
organizarse para rotar las tareas y apoyarse los unos a los otros.
Desde luego podría cada uno dedicarse con el tiempo a lo que más le
guste y se le dé mejor, pero siempre sin dejar caer a la actividad
que económicamente vaya peor.
La casa rural tendría el atractivo para
el cliente de conocer un modo de vida
sostenible y ecológico, pudiendo participar en las labores de
reconstrucción, de recolectar en el
huerto, u otras actividades programadas (excursiones en bici por
Moncayo, rutas micológicas, mercadillos,
etc.)
Los nuevos habitantes
del pueblo tendrían así cubiertos tres de los cuatro
pilares básicos necesarios para mantener el medio rural (quedan
reflejados en el informe Empenta Artieda): trabajo
(sería mediante auto-empleo), vivienda
(mediante auto-construcción o rehabilitación) y socialización.
Faltaría cubrir la pata de los cuidados,
pero seguro que con un mix de atención mutua,
formación en medicina alternativa, integrando
a profesionales
de la rama de la
salud, y sobretodo demandando a las instituciones una cobertura sanitaria mínima; sería suficiente. Esto último
aplicaría también a la escuela rural.
Por lo tanto, entre
crear un nuevo asentamiento en una finca en tierra de nadie, o
convertir las ciudades en entornos permaculturales (tarde o temprano
tendrá que pasar), está la opción de revivir un pueblo, que si ha
tenido una población importante en el pasado, por algo será. En
este caso el Moncayo como buena esponja, aunque no suponga un régimen
de precipitaciones muy alto, puede
suministrar el recurso natural por el que se producirán las mayores
guerras del siglo XXI: EL AGUA.
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