Llegué ayer a eso de las 20 horas (06 marzo 2020). José Luis viene a mi encuentro
en la entrada del pueblo que llamaremos convencional o autóctono.
Sigo al Opel monovolumen hasta la parte alta, donde se diseña el
proyecto comunitario. La primera casa que han rehabilitado cuenta
con3 alturas (ver fotos), y está preparada para alojar a visitantes
y voluntarios que pasen unos días.
En la estancia común salón-cocina está esperando Manel, un hombre
de unos 60 años con barba y pelo largo de origen tarraconense,
mientras ve el fútbol en una pequeña televisión. Tras ver mi
habitación, me siento con ellos y comenzamos a conversar sin prisas.
Me sorprende el ritmo de la conversación, extraordinariamente
pausada.
Con una cerveza en la mano, unas olivas y una temperatura más que
agradable fruto de la estufa de leña, a pesar del frío exterior, me
cuenta José Luis que compro casas en el pueblo en el 2001, y que
tras 10 años trabajando para pagarlas, en 2011 se instaló por fin
en un pueblo sin instalaciones, ni sanitarios, ni calles y todo por
reconstruir. “Empiezas haciendo para vivir tú y después vas
haciendo para alojar a gente”.
Las personas que se han ido sumando al proyecto tienen su apartamento
y colaboran, pero la mayoría gente que trabaja fuera durante parte
del año para poder vivir aquí el resto. Muchos son extranjeros.
Cenamos sopa de pescado de brik, más congelados. Realmente hay una
dependencia importante en cuanto a productos. Latas, pasta, pan,
leche de arroz y de vaca, arroz...los visitantes y voluntarios que
vienen en temporada de primavera y verano aportan 10€/día por la
pensión completa, supongo que con eso cubren de sobra los
consumibles. Sí, es cierto que hacen compost, el papel va a la
caldera, y usan productos directamente del huerto, pero la mitad de
los productos son comprados.
Durante la cena José Luis no se priva de nada. Fútbol, dos
cervezas, un buen plato de sopa, queso de postre y tabaco de liar
pausado pero constante. Manel, sin embargo, no acostumbra a cenar.
La entrada de dinero por parte del turismo se hace a través de una
asociación como socios temporales.
Al día siguiente, tras el desayuno conozco a otro integrante de la
asociación, y charlamos distendidamente los cuatro en la terraza
bajo un agradable sol. La visión del futuro del proyecto, de las
construcciones a acometer, de los trabajos, de las actividades que se
desarrollarán, etc., escapan a mi capacidad de imaginación. No se paga impuestos por imaginar, argumentan. Es chocante que lo vean tan
real en su cabeza, cuando es probable que por su edad (60 o 65 años)
nunca lo vayan a conocer. Hablan de grandes terrazas, varios
apartamentos, aulas-taller de elaboración de productos, agricultura,
salud... de una cocina bar-restaurante, espacios para actividades,
cine, bailes, etc. Recuperar un molino de aceite, una mini-central
hidroeléctrica y el proyecto estrella que es una piscina salada
aprovechando un antiguo salinar de la zona.
No parece un proyecto ideológicamente cerrado, pero sí que implica
la colaboración de la gente. Hay un holandés, por ejemplo, que vive
aquí y lo he visto salir con una buena bicicleta, pero no está
implicado y no lo ven con buenos ojos. Se busca a su vez, la
aprobación de los vecinos autóctonos. Es paradigmática la
aceptación social para la okupación de una casa por parte de una
pareja joven. Los propietarios están a cargo de los servicios
sociales.




Comentarios
Publicar un comentario